Potosí
La práctica de Miguel Mesa Posada se sitúa en un territorio de cruce entre investigación histórica, especulación material y memoria visual. Esta exposición, que constituye su primera muestra individual en la galería Casas Riegner, parte de una idea fundamental: en América, el tejido no ha sido únicamente ornamento o soporte utilitario, sino también un sistema de inscripción, transmisión y persistencia del conocimiento. Frente a una historia escrita desde la centralidad del papel, del archivo y de la cartografía occidental, el artista propone una operación de desplazamiento que consiste en arrancar, desvelar, superponer y volver textil aquello que fue fijado como documento.
En esta exposición, mapas, vajillas y formas votivas son intervenidos a través de una técnica que el artista ha desarrollado a lo largo de los años. Se trata de una forma de pensar con la materia: retirar una superficie para permitir la aparición de otra, sacrificar lo metálico para dejar ver lo textil, erosionar la promesa de riqueza para revelar una memoria subterránea. En ese gesto, también bautizado por el artista como “Potosí”, resuenan tanto la historia extractiva del continente como una pregunta insistente por aquello que permanece bajo las capas visibles del poder.
El título y el imaginario de Potosí condensan una de las tensiones centrales de la muestra. Potosí nombra a la vez un lugar concreto y una idea de riqueza incalculable; un esplendor construido sobre la violencia de la extracción. Miguel toma esa ambivalencia como punto de partida para interrogar los modos en que América ha sido imaginada como reserva de valor, como territorio por conocer, como promesa inagotable. Sin embargo, su respuesta no es ilustrativa ni documental en sentido estricto. Sus obras no buscan explicar la historia, sino activar sus zonas no resueltas al poner en manifiesto los vacíos, los desvíos, las posibilidades que nunca llegaron a materializarse.
Los mapas intervenidos ocupan un lugar central en esta operación. Procedentes de tradiciones mesoamericanas y europeas, son sometidos a un proceso de “textilificación” que no cancela su condición documental, pero sí la desestabiliza. En ellos, el mapa deja de ser una superficie transparente de representación para convertirse en un campo de fricción entre dos regímenes de conocimiento: uno ligado al papel, a la clasificación y a la visión cartográfica; otro vinculado al tejido, al diagrama, al nudo y a la transmisión encarnada de la memoria. Lo que emerge no es una síntesis reconciliada, sino una forma híbrida e irresuelta; el simulacro material de un pasado que pudo haber existido, pero no llegó a consolidarse. En ese sentido, estas piezas operan como hipótesis visuales, como documentos imposibles de una historia alternativa.
La misma lógica atraviesa la serie de vajillas, donde el reverso del plato (ese lugar reservado históricamente para el sello, la marca de fábrica, el linaje del objeto) se convierte en un espacio de invención simbólica. Miguel combina coronas, inscripciones, emblemas, firmas y referencias provenientes de distintos archivos y tradiciones para construir una heráldica improbable, una falsa genealogía de objetos que nunca existieron. Como en los mapas, no se trata de falsificar el pasado, sino de imaginar qué formas habrían surgido si otras sensibilidades, otros repertorios y otros sistemas de legitimidad hubieran estructurado la cultura material americana. El plato, objeto cotidiano y doméstico, aparece así como otro documento posible. Es una superficie donde la historia se imprime en clave íntima, política y afectiva.
La dimensión espiritual de la muestra profundiza todavía más esta reflexión. Un altar móvil, superficies metalizadas y exvotos remiten a una larga fascinación compartida por el brillo, el reflejo y la potencia simbólica de lo metálico. Pero aquí, otra vez, el brillo no se presenta como culminación, sino como capa a atravesar. El metal seduce, pero también encubre; deslumbra, pero a la vez aplaza el acceso a otra materia más densa y persistente. En esa tensión entre lustre y profundidad, entre superficie y revelación, la obra vuelve sobre una pregunta por qué cuerpos, qué relatos y qué formas de vida han quedado debajo de las narrativas dominantes de riqueza.
Lejos de una afirmación esencialista de la identidad, el trabajo de Miguel se sitúa en un mestizaje no resuelto, hecho de capas, residuos, apropiaciones y supervivencias. Sus piezas no proponen un regreso puro a un origen ni una celebración ingenua de la mezcla. Más bien, hacen visible la complejidad de una historia americana constituida por tensiones, imposiciones, desvíos creativos y formas de persistencia material. En ese sentido, la exposición no reconstruye una identidad sino que la pone en suspensión, la vuelve pregunta, la convierte en superficie de lectura.
Lo que estas obras ofrecen, finalmente, es una manera de reencantar la relación con la historia sin negar sus violencias. Frente a la imagen de América como territorio perpetuamente extraíble, Miguel imagina otra riqueza: no la del metal arrancado de la tierra, sino la de las tramas, los signos y las memorias que resisten bajo las capas del tiempo. Sus objetos producen extrañamiento porque parecen venir de un archivo paralelo, de una tradición posible pero no instituida. Y es precisamente allí donde radica su potencia conceptual: en hacernos pensar que la historia también puede leerse desde lo que no llegó a fijarse del todo, desde lo que quedó tejido pero nunca plenamente escrito.
Pavel Andrés Vernaza Ortiz
La exposición “Potosí” de Miguel Mesa Posada toma su nombre de uno de los epicentros simbólicos de la modernidad colonial: el Cerro Rico de Potosí (Bolivia), cuya explotación minera articuló circuitos globales de riqueza, violencia y extracción desde el siglo XVI. Sin embargo, lejos de una aproximación historicista, la muestra propone un desplazamiento material y conceptual. El Potosí de Miguel Mesa Posada considera otros sentidos de valor y riqueza presentes en el textil: un territorio de cruces temporales y puntadas reflexivas, donde las herencias culturales de América Latina se tejen, se cubren, se desdibujan.
En la obra de Mesa Posada, el tejido opera como palimpsesto de creencias. Las formas de violencia colonial coexisten con ejercicios de traducción, supervivencia e hibridación capaces de producir nuevas epistemologías, que pueden leerse como formas de inventar nuevos pasados para sostener un futuro abierto a la miscelánea histórica.
El historiador Serge Gruzinski en su libro “La mente mestiza”, propone que en el encuentro entre Europa y América se habilitaron formas de pensamiento híbridas, las cuales, no obstante el despojo y abuso a las poblaciones locales, generaron insumos intelectuales y artísticos claves para un mestizaje cultural (entendido más allá de lo racial). Las mezclas que implica la colonización en todas sus formas materiales y simbólicas, pueden ser leídas como herencia creativa al caos de la “conquista”, para destacar en ese encuentro una fuerza que transformó al Viejo Mundo y es en el encuentro con el pensamiento de las comunidades autóctonas que inician las dinámicas de la globalización. Hoy, esa globalización continúa en medio de múltiples tensiones, permitiendo conectar imaginarios y saberes más allá de fronteras rígidas. En “Potosí", Mesa Posada dialoga con esta perspectiva al insistir en que la memoria, la cultura material y los pasados enfrentados pueden todavía construir algo nuevo.
En la presente muestra se disuelven las fronteras entre arte e historia, entre lo popular y lo industrial, entre objeto utilitario y obra estética. Los materiales son aquí reconfigurados como campo de experimentación sensible y el gesto de Mesa Posada se aproxima al de un explorador que quiere encontrar algo nuevo.
Desde ese lugar, el mapa deja de ser mero documento geográfico para convertirse, al dialogar con el textil, en un relato abundante en capas. Las líneas cosidas sobre la cartografía se asemejan a venas por donde circula un capital material y simbólico permanentemente extraído. El brillo del metal ,presente a lo largo de la exposición, enuncia la tensión que emerge entre la sacralidad de la tierra para unos y la ansiedad histórica asociada a la extracción del oro y la plata para otros. Equivalente al uso del metal como tránsito y ofrenda para los primeros, y como fuente de acumulación asociada a la lógica extractivista para los segundos.
La confrontación entre representaciones europeas y precolombinas es clave. Mientras la cartografía moderna consolidó el territorio como superficie de control, delimitación y soberanía, muchas culturas originarias configuraron el mapa como lugar habitado, tejido de relaciones y presencia tutelar —la montaña, el altépetl, es entidad viva y eje simbólico de comunidad. En este sentido, la reflexión de Brian Harley en su libro “Mapas, conocimiento y poder” resulta iluminadora: los mapas no son instrumentos neutrales, sino documentos inherentemente políticos. Las proyecciones, los símbolos y los silencios cartográficos son seleccionados para reforzar estructuras de autoridad y legitimar soberanías específicas. El mapa, por tanto, no solo representa el mundo, lo ordena según un régimen de escritura, lectura y dominio.
En “Potosí”, el gesto de coser y develar los mapas no es meramente formal, es una operación crítica. La aguja y la mano que rasgan el papel interrumpen la pretendida objetividad cartesiana y la reescriben, convirtiendo estos documentos en colisiones mestizas. El textil introduce intersticios, capas y tramas aún por des-cubrir. América reaparece así como tierra incógnita, no en el sentido colonial de lo desconocido a conquistar, sino como territorio que se reescribe. Permeable y crítico frente a las narrativas que lo han fijado en el imaginario universal de abundancias.
La exposición propone, en última instancia, pensar la riqueza más allá del metal y del brillo. Si el imaginario de Potosí condensó la promesa de opulencia infinita, las obras de Mesa Posada sugieren otra forma de riqueza: la que emerge de la multiplicidad, de la memoria que no se clausura y de la capacidad de hibridar tradiciones para inventar futuros posibles basados en nuevos pasados.
Cada puntada es, entonces, un gesto mínimo pero insistente, una manera de reescribir el final de la historia desde la trama.
María Wills Londoño.
Fecha de cierre: Mayo 21, 2026