Algunas ostras cuecen vitreas rocas


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La dieta del científico mineralogista que dicta el apetito del amateur coleccionista

El punto de partida de este proyecto es una breve disertación de historia natural publicada en Londres en 1702[1]. Dicho texto, escrito en un tono sobrio, positivista y empírico, intentaba aclarar el dilema de si los fósiles de conchas y otros cuerpos marinos eran o no rocas originales. Este es el motivo ficcional para acercarme al naufragio taxonómico de un objeto mal entendido que agita la brecha de lo que puede denominarse vivo o inerte, y al ejercicio dietario-selectivo de un mineralogista, en un tiempo de coleccionismo seducido por la escritura científica y los fenómenos de lo natural.

Varios elementos de este proyecto se inspiran en el S. XVIII, momento en el que se establecen nuevos órdenes para una sociedad en movimiento constante y donde la elaboración del sentido del gusto se convierte en una aptitud individual a cultivar[2]. Junto con el pensamiento científico moderno se da paso a la consolidación del experto[3], quien al hacer un uso ejemplar de la razón y con su entrenado aparato gustativo estará listo para extraer todo aquello que a su vista merezca distinción, de entre la redundante, mundana y repetitiva realidad.

En el seno de las transformaciones profundas del consumo que caracterizan esta época, la digestión dejará a un lado sus fines nutritivos, pasando de ser un acto fisiológico para convertirse en un infinito paladeo y en el canibalismo mismo que implica el festín social. El nuevo comensal juega con el alimento en su boca, aquí mismo envuelve en saliva al objeto de consumo y articula la retórica precisa que acompañará su juicio. Así se funda una especia de “comensalismo”[4], que culmina en la celebración del “buen gusto”, en la exuberancia del objeto hecho baba y en la propia baba convertida en código de legitimación social.

La ostra se presenta como paradigma literal y filosófico de una objetualidad en conflicto, debido a su oscilación entre un exterior de apariencia pétrea y un interior viscoso, como lo indica Denise Gigante al citar a Sartre: lo viscoso resiste la categorización estándar de solido y liquido y encuentra una condición física desagradable entre los dos: “La Baba es la agonía del agua. Se presenta en sí misma como un fenómeno en el proceso de llegar a ser”, por lo cual “no puede percibirse como objeto”[5].

La condición de baba es parte del cuerpo de la ostra tanto como del interior jugoso de la boca del comensal, un estado donde lo blando, acuoso o hasta lo culinariamente escurridizo indican el movimiento de éste paradigma hacia una re- flexión objetual y existencial. Una materialidad que revela lo oculto de un objeto cambiante y en sospecha taxonómica en un tiempo que como el nuestro es radicalizado por el consumo.