Martínez, Erika, “En 5 Actos (…)”, Galería Casas Riegner, 2008
[Creyendo en fantasmas. Angélica Teuta]
Cuando el ilusionista francés Georges Méliès asiste a la presentación del invento de los Lumiére en 1895: el cinematógrafo, sufre una especie de obsesión. Como un niño fascinado decide, a partir de entonces, explorar las posibilidades de representación que tiene el aparato. Desde el primer momento lo percibe como una proyección de lo escenográfico, de lo teatral y en ese sentido, del pensamiento fotográfico que ha estado revisando para la invención de sus actos de magia. De ahí en adelante realiza cortometrajes donde el espacio y los sujetos protagonistas son víctimas de manipulaciones que Méliès ha ensayado una y otra vez en su laboratorio de ideas, un mundo donde confluían conocimientos de física, química, fotografía, cine, artes escénicas y plásticas. Con el cinematógrafo sus trucos se potenciaron y sus presentaciones dejaron al público maravillado. La ficción daba sus primeros pasos en el campo del lenguaje audiovisual.
Angélica Teuta nos presenta en 5 actos (Miradores, Decoración para espacios claustrofóbicos No 3, Relojes, Instalaciones eléctricas y Pájaro y jaula) sus pensamientos sobre la imagen. A la manera de Méliès, se podría considerar a esta joven artista como una ilusionista del siglo XXI, quien a partir del estudio y la exploración de algunos mecanismos desarrollados desde la edad media, propone una reflexión sobre una serie conceptos impuestos como el tiempo, la realidad, la idea del juego, la visualidad, entre otros. La experiencia de quienes observan las creciones de Angélica está guíada por un desorden de lo real que la artista trabaja a partir de intervenciones a los objetos que hacen parte de la muestra, y que además, dispone de manera estratégica para que quien interactúa con estos, no descubra la idea primera de sus apuestas.
En las instalaciones de Angélica Teuta escultura y fotografía están encadenadas y en un laberinto sin salida el ojo ve lo que le es posible. Como el juguete que maravilla al niño, Angélica hace que el espectador penetre en una atmósfera misteriosa donde la fotografía es pensada desde sus inicios, tal vez para hacernos olvidar de su tecnificación extrema, donde el click – en su sentido amplio – es el pensamiento más fácil y común; donde la digitalización acelera el proceso de pensamiento que implica la imagen fotográfica. Objetos artísticos que susurran, insinuaciones infinitas que la artista concibe como “proyectos”, como actos de una obra que se está escribiendo y cuyo final aún desconoce el autor. La preocupación más próxima de Angélica es abrir espacio para la “pausa”, refugio del acto de pensar, determinante para el hacer.
ACTO I.
Miradores
Volver a presenciar un “View Master”, ese aparato de visión estereoscópica1 en el que se fundamenta Miradores, es remontarse a la infancia, pero esta vez no para seguir la narrativa visual de cuentos de hadas o tiras cómicas, sino para observar tres series donde Angélica dimensiona imágenes que solo son visibles con aparatos ópticos especializados. La artista ha pintado y rayado manualmente los cuadros diminutos de la película que gira en el “mirador”, una secuencia que nos revela el imaginario de tres espacios, el registro pre-fotográfico de tres mundos: Cosmos, Bosques y Microbios.
ACTO II.
Decoración para espacios claustrofóbicos No 3.
Las ventanas reales de la galería, fueron los espacios a partir de los cuales Angélica creó sus “decoraciones in situ”. Los paneles que cubren las ventanas son esta vez la superficie donde la artista proyecta lo que en la realidad se podría ver desde estas. Paisajes con “movimientos serenos” son reconstruidos con diversos procesos: elaboración de plantillas extraídas de registros fotográficos previos, fragmentación de acetatos que posteriormente se yuxtaponen, hilos que sostienen elementos diminutos que simulan figuras, entre otros. Un proyector es el artefacto contenedor del montaje que incluye motores eléctricos que propulsan el lento movimiento que le da el toque final a la imagen re-presentada. Una imagen leve que se contrapone a la parafernalia lúdica del mecanismo que la produce.
ACTO III.
Orient, Omega y Big ben.
Mecanismos y codificaciones alteradas. Esta vez tres relojes son intervenidos para subvertir el concepto del tiempo, el objeto que marca los fragmentos horarios es sometido a los experimentos de la artista, cuya materia prima es la desmitificación de un aparato que objetiva la realidad. La idea de la cámara obscura, espejos y relojes que se invisibilizan y son apenas imágenes proyectadas.
ACTO IV.
Instalaciones eléctricas.
La presencia de una toma eléctrica, un interruptor y una caja de tacos en una de las salas de exhibición. Un cuarto donde los protagonistas son los dispositivos cotidianos que suministran de luz y energía artificial un lugar. El cuerpo del objeto está ausente, es un reflejo del mismo y está ubicado donde debería estar, pero su utilidad es imposibilitada, pues es la idea del mismo, su re-presentación. Un dibujo con luz, el ícono que guarda una “relación directa” con el objeto representado, con su referente.
ACTO V.
Pájaro y jaula.
Como una cita o una nota al pie aparece este objeto en la pared. De repente, Angélica hace una especie de “énfasis”, un susurro intenso. Una ilusión visual. Dos imágenes, que por el efecto del movimiento y de la memoria del sentido de la visión, se convierten en una. Angélica no presenta esta pieza aislada, por el contrario con ella refuerza la idea inmersa en su exposición. Es una repetición necesaria, es la acción de volver al invento, a la posibilidad de exploración que éste contiene.
Erika Martínez Cuervo.
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1estereoscopio.
(De estereo- y -scopio).
m. Aparato óptico en el que, mirando con ambos ojos, se ven dos imágenes de un objeto, que, al fundirse en una, producen una sensación de relieve por estar tomadas con un ángulo diferente para cada ojo. [Diccionario de la Real Academia de la Lengua española. http://www.rae.es]
